Algunos profetas son inmaduros o muy jóvenes y por eso sus palabras no son exactas o realmente de Dios, pero si tenemos paciencia con ellos, algún día nos recordarán con amor.
Nuestro don debe ser administrado con amor.
Los profetas genuinos aman el ministerio quíntuple y estar cerca de los pastores, para darles amor, oración y trabajar con ellos, no vienen con el dedo apuntando juicio. Ellos quieren ayudar a edificar la iglesia.
Otra cosa que los verdaderos profetas tienen es que pueden controlar su lengua, y puede discernir cuándo hablar y cuándo callar. Ése es un signo de madurez en el profeta.
“1 Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación”. Santiago 3:1
Dios trabaja con los profetas en varias etapas, comenzando por el carácter y la relación con Dios. A Dios le interesa más cambiarme a mí que transformarlos a ustedes a través de mí. Dios nos mueve en distintas etapas. Si Dios te ha llamado como profeta, en la mayoría del ministerio quíntuple, veo que entran y salen de una oficina a la otra según se necesita. Dios nos confía lo más precioso para Él, Su iglesia.
Si Dios te ha llamado a profetizar ve a tu pastor, busca otro profeta. Si eres profeta no se lo tienes que decir a nadie. Otros profetas te verán y dirán he aquí un profeta. Si eres pastor otros pastores reconocerán esa unción sobre ti. Si eres apóstol no tienes que hacer tarjetas de presentación, sólo haz el trabajo de apóstol.
El profeta habla lo que escucha a Dios decir por pasar tiempo con Él y en Su palabra. Eso es todo. Y los evangelistas te llaman para ministrar con ellos, los pastores, los apóstoles quieren tenerte cerca. Tú no tienes que disculparte por lo que eres.
Los profetas no hablamos si no hemos escuchado a Dios primero. Y el fruto que dejamos atrás es fortaleza para la iglesia, edificación, aunque haya sido una palabra dura.

