Los seres humanos necesitamos ser conscientes de que todo lo que somos y tenemos lo debemos al inmenso amor de nuestro Padre Celestial, y a todo lo que su hijo hizo por nosotros en la Cruz del Calvario. Si Él no hubiera pagado por nuestros pecados, hoy estaríamos perdidos, sin esperanza; andaríamos por el mundo como muertos vivientes.
Yo, como pastora, trabajo duramente todos los días. Pero todo lo que hago, lo hago por amor, no por un sueldo. Lo hago porque vivo agradecida a Jesús por lo que hizo por mí. Cada uno de nosotros debe tener revelación de qué es la Cruz, de lo que padeció Jesús, siendo inocente, para que nosotros fuéramos salvos. Él cargó nuestras culpas, nuestras enfermedades, nuestra vergüenza y dolor. Gracias a su sacrificio, hoy somos totalmente libres. El problema es que, a veces, pensamos que merecemos todo y no valoramos el gran amor que Él nos demostró.
Jamás me cansaré de dar gracias a mi Señor por todo lo que ha hecho en mí. En cada etapa de mi vida, puedo reconocer la mano poderosa de mi Salvador. Él siempre ha estado allí, cuidándome, protegiéndome y guiándome. Por eso lo amo y quiero servirlo todos los días de mi vida. De cada tropiezo que encontré en el camino, aprendí algo importante, y luego, el Señor me dio la victoria, sanando cada herida, cada mal recuerdo y cada dolor en mi corazón.
Gracias a mi Señor porque, a través de la oración, gané la batalla contra el temor, la vergüenza, la falta de perdón y el rechazo, y obtuve la más grande de todas las victorias, mi hogar y la salvación de mi familia. Pude haberme quedado sentada llorando mis desdichas, y permitir que Satanás destruyera mi vida, pero gracias a Dios, tuve el valor para enfrentar al enemigo y seguir adelante, en el nombre de Jesús.
Si usted ha pasado sufrimientos y etapas difíciles en la vida, si aún carga con falta de perdón, recuerdos del pasado que lo atan, luchas que no ha podido vencer, recuerde que el solo hecho de estar vivo es suficiente para dar gracias a Dios. Yo era una niña resentida e ignorante, y Él me convirtió en una mujer feliz y llena de su amor; una mujer que ahora puede restaurar a otros en el nombre del Señor. Dios me convirtió de introvertida a predicadora, y si lo hizo conmigo, también lo puede hacer con usted. ¡Levántese y reclame sus bendiciones! Muchas veces, le será difícil, pero si se toma de la mano de Jesús y se dispone a vencer las tres guerras diarias que tenemos con el mundo, con el diablo y con la carne, si usted deja que el Espíritu Santo lo guíe y le entrega a Él sus debilidades, crucificando su carne, podrá lograrlo. Recuerde que jamás alcanzará esto en sus propias fuerzas, sino en las fuerzas del Señor.
Debemos dar gracias cada día de nuestra vida, porque dependemos de sus fuerzas y no de las nuestras, por lo hermoso de la naturaleza, porque estamos en un país donde “fluye leche y miel”, por nuestras familias, por las victorias que vienen y los tropiezos de los que nos hemos levantado. El día de Acción de Gracias no es una fecha aislada en el año, sino un estilo de vida. Cada día, debemos agradecer el inmenso amor de nuestro Padre Celestial y el gran privilegio que tenemos de ser sus hijos.
Pastora Ana Maldonado